Ascensión al K2 : Expedición mexicana y polaca

Partimos para realizar la ascensión al K2. El 17 de junio de 1982 nos encontramos los montañistas mexicanos con los polacos en la ciudad de Rawalpindi, de la República islámica de Pakistán. Días antes había arribado un camión que transportó desde Europa las ocho toneladas de equipo de escalada y 8 alimentos. Durante una semana los 15 europeos y los seis universitarios preparamos el material en cargas de 30 kilogramos y resolvimos los trámites universitarios.

Ascensión al K2 : Expedición mexicana y polaca 2

Al camión oficial de la expedición se le sumaron dos camionetas en las partimos hacia Ia ciudad de Skardu, siguiendo el curso del río Indus, de caudal impresionante, a través de desiertos, zonas verdes y oasis. Después de comprar en Skardu alimento para los porteadores, continuamos rumbo a Dassu, donde organizamos a los 260 portadores e iniciamos la marcha de aproximación, 250 kilómetros, partiendo el 27 de junio.

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Viajando hacia e K2

Durante 12 días la expedición avanzó sobre zonas multifacéticas bordeando el río Brado. Dejaron atrás Askole, la última población de la ruta, cruzaron la parte baja del glaciar Biafo y el quinto día por la tarde tuvieron la oportunidad de observar el glaciar Baltoro y las grandes montañas del Karakorum.

A partir de Paiju, todo es piedras, hielo y montañas de cumbres espectaculares, por lo grandiosas. Entre ellas, la Torre de Trango, una roca de impresionante dimensión.

Después del campamento de Groe, llegamos a Concordia, uno de los sitios más espectaculares de la naturaleza, donde montañas y glaciares armonizan. Posteriormente dejamos el Glaciar Baltoro, para continuar por el Godwin Austen.

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En la base del K2, de acuerdo a lo previsto, despedimos a los porteadores, quedándonos sólo con 49 para la última jornada, peligrosa por los hielos inestables, que hizo necesario colocar cuerdas fijas para asegurar el paso.

En el campamento base

ruta de ascenso al K

Ruta de ascenso tradicional

El ocho de julio llegamos al Glaciar Saboya, llamado así en homenaje al explorador italiano Duque Amadeo di Saboya, que fue el primer europeo que recorrió esta región.

El día estaba despejado, los colores eran intensos y llegamos a sentir calor; era un lugar grandioso que, a pesar de que permanecimos en él sesenta y dos días, nunca perdió su interés.

La pirámide del K2 dominaba el paisaje todo y exactamente frente a nosotros surgía repentinamente del glaciar la formidable pared este de tres mil metros de roca y hielo que anteriormente había intentado la Universidad de Wasada de Japón en 1980.

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Hacia la izquierda teníamos el Paso Saboya: más allá se encuentra el territorio chino, pues éste es el punto limítrofe con Pakistán. Un poco más a la izquierda, se erguía imponente el Saboya Peak, de más de 7,000 metros; de este pico y de otras montañas cercanas a él, caían con frecuencia aludes impresionantes de los que cierto día conté nueve.

Cerrando el Valle Glaciar donde nos encontrábamos estaba otra montaña (de la cual nunca supe el nombre) que obligaba al Glaciar Saboya a cambiar de dirección y a descender precipitadamente. Las grietas y los seracs eran abundantes; éste era nuestro medio físico: hielo, nieve, rocas, aire frío, sol. No había ni el más remoto indicio de vida si exceptuábamos a una colonia de cuervos (alrededor de veinte) que daban un toque diferente al campamento base, un toque que significaba vida y también problemas, pues cuando alguien se descuidaba con sus alimentos por un instante, era hurtado por los cuervos.

Instalación del campamento base

El sitio elegido para la instalación del Campamento Base me pareció adecuado: estaba lejos del alcance de los aludes. Las tiendas fueron colocadas sobre el hielo porque no había otra opción; de todas ellas, la cocina-comedor era la más vistosa y grande.

En ella podíamos estar los veintitrés expedicionarios además de todos los implementos de cocina, también estaba la estación de radio, abierta las 24 horas del día, y por supuesto la antena, que medía siete metros de altura, donde ondeaban las banderas de México, Polonia y Pakistán.

A cierta distancia estaban las tiendas para dormir; en cada una habitaban tres personas. Detrás de la cocina, entre unas rocas, estaban las bodegas, que no eran más que amontonamientos de comida y equipo cubiertos por lonas azules. Más hacia el fondo había una lona que cubría algunas rocas y donde, de vez en quincena, nos bañábamos si la temperatura lo permitía: era «la regadera».

Este es nuestro cómodo y agradable Campamento Base, el sitio por el cual soñábamos cuando nos encontrábamos en los campamentos superiores: aquí teníamos algunos lujos pues podíamos leer, teníamos una variedad de juegos (como cartas, dominó, ajedrez, etc.) o nos dedicábamos a escuchar música que habíamos traído en cartuchos o el radio de onda corta (por las mañanas oíamos una transmisión desde Rusia dirigida al público latinoamericano y por ella nos enteramos del problema económico en México, pues era radiada en español). Era casi el lugar ideal donde repondríamos nuestras mentes y nuestros cuerpos después de prolongadas estancias en la altura.

En busca de un sitio para el campamento I

El 10 de julio se inició el trabajo en la montaña. A las seis de la mañana ya estábamos preparados para partir, todos adecuadamente equipados con trajes de gore-tex, arnés, casco, etc. En la mochila llevábamos cada quien quince kilogramos de material que iríamos fijando. La ruta que escogimos iba por el centro del glaciar para evitar las consecuencias de los aludes; la nieve era floja y el avance lento ya que íbamos marcando el camino con banderitas de color rojo y esquivando muchas grietas. Cada hora comunicábamos al campamento base de los progresos en el avance y de las dificultades al frente.

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Después de un recorrido de aproximadamente cinco kilómetros, comenzamos a escalar la montaña entre grandes seracs que amenazaban con venirse abajo. A veces, la inclinación nos obligaba a utilizar el piolet y el martillo-piolet; los aseguramientos eran constantes por lo difícil del terreno. En uno de los tramos en que caminábamos al mismo tiempo, escuché a mis espaldas el grito de «¡asegura!».

Al voltear vi a Lucio hundido en la nieve hasta las axilas, pero prácticamente sólo tenía la cabeza fuera. Lo aseguré con rapidez y le indiqué que podía empezar a salir, pero en la grieta en que había caído no había apoyo para los pies, por lo que tardó bastante en salir con la ayuda de la cuerda. La cordada que venía detrás de nosotros —Antonio y Enrique— tardó un poco en sortear esta grieta; se habían dado cuenta de que gran porte del terreno era inseguro.

Cien metros más arriba encontramos un obstáculo formidable: una gran grieta quo sólo ofrece un sitio por donde pasar, y para ello habría quo dar tres brincos, el primero de dos metros en un plano inclinado.

En cuanto a la profundidad, la verdad es que no bajé a medirla, pero se veía enorme. Había que llenarse de valor y dar un brinco lleno de decisión. El segundo salto, más corto, era de un metro, fácil pero incómodo: la atención se fijaba en el sitio al que debíamos llegar con el piolet listo para anclarse. Finalmente, el último brinco no ofrecía ningún problema después de haber pasado los dos anteriores. Para facilitar el descenso, colocamos cuerdas fijas.

Sorteando las grietas en el hielo

Al frente, la ruta perdió dificultad y sólo nos preocupaban las grietas ocultas, una colina de suave pendiente que bajamos del otro lado y nuevamente entramos a la pendiente pronunciada.

El paisaje cambió, ahora veíamos con claridad la ruta que habríamos de seguir durante los días siguientes: la cresta noroeste. A las tres de la tarde se localizó el sitio para el campamento I: un plano protegido por dos grandes grietas, una al frente y otra por detrás, donde colocamos una tienda y depositamos el material sobrante.

Casi sin descansar iniciamos el retorno por una nueva ruta que, desde arriba, se veía más segura que por donde habíamos ascendido. Bajamos con la cuerda de seguro lista. El calor había reblandecido la nieve y con frecuencia se hundían nuestros pies sin mayores consecuencias.

En el campamento base nos recibieron con una buena sopa; todos nos encontrábamos optimistas pues se había logrado instalar el campamento I en un día. Mientras comíamos, nos enteramos que Chish, compañero polaco, había caído a una grieta de doce metros sin que, por fortuna, hubiera consecuencias graves.

Una formidable pared pared para escalar

alpinismo en el K2

La cima del K2 a la vista

Luego de instalado el campamento I, lo que más nos preocupó fue el abrir y equipar la ruta al campamento II. Y preocupaba porque era la parte de la ruta de mayor dificultad y riesgo. Era una formidable pared con un desnivel de 800 metros, una inclinación de 60 a 70 grados y cuya pendiente de hielo estaba cubierta de nieve floja y salpicado de rocas que amenazaban desplomarse.

Hubo una gran controversia entre los miembros de la expedición sobre las probables vías para superar este obstáculo. La mayoría opinaba que la más factible era una ruta directa a través de un gran canalón, lo cual estaba considerado desde los preparativos.

Otros proponían una larga travesía. Su argumento, que pesaba mucho, se basaba en una mayor seguridad, pues las condiciones de la nieve podrían provocar aludes que, de subir por el canalón, resultarían funestos. Finalmente, se resolvió que se realizaría la travesía, pero se dejó la posibilidad abierta a la ruta directa del canalón si es que las condiciones mejoraban, lo cual, en efecto, sucedió.

El trabajo de abrir este tramo de la ruta duró ocho días continuos. Las distantes cordadas se turnaban en el trabajo de punta mientras el resto de los expedicionarios se dedicaba a una de dos actividades: la primera era el traslado de material, pues no usábamos porteadores de altura (sherpas); la segunda, que se combinaba perfectamente con la primera, era la aclimatación. Para lograrlo, se subían cargas dos días seguidos y al tercer viaje se dormía en el campamento I para pasar a la punta en los cardadas que se encontraban en la pared.

El día 16 de julio nos tocó a los mexicanos ir nuevamente a la punta. Ese día ya estábamos listos cuando aún no amanecía. Llenos de entusiasmo nos dirigimos a la pared, separada del glaciar por una grieta-rimaya semicubierta de nieve. En este punto se iniciaba la cuerda fija que días antes habían instalado nuestros compañeros polacos; con la ayuda de los jumars ascendimos lentamente.

La nieve era floja y nos hundíamos hasta las rodillas, lo que nos obligaba a turnarnos en la punta. Después de subir directamente, llegamos a una gran roca donde estaba anclada la cuerda.

Seguimos la cuerda fija por la travesía y, afanándonos, ganábamos altura. A las 11:00 horas llegamos al extremo del cable fijo. El campamento I se veía insignificante entonces, con sus siete tiendas de color rojo era apenas visible.

Enrique pasa al frente. Avanza con cautela pero con decisión; atrás, Lucia asegura. La nieve floja cede a nuestro paso y lentamente se desliza en busca del abismo.

Continuamos así un tiempo. A las tres de la tarde el tiempo se descompone y suspendemos el avance; para entonces hemos agregado 200 metros más a la ruta, una vía virgen donde antes ningún ser humano había pisado. Nos sentimos satisfechos pero sentimos también el frío y bajamos con rapidez al campamento I.

Campamento intermedio

Al día siguiente, otra cordada avanzó hasta un breve espolón donde instalaron un campamento intermedio que consistía de una sola tienda, no cabía ni una más. El campamento intermedio cumplía la finalidad de ahorrar tiempo: para seguir abriendo la ruta, no era ya necesario ascender desde el campamento I, sino que se empleaba parte de un día en subir al I-bis, se dormía y se continuaba al día siguiente frescos y descansados.

La ruta continuó, sin perder espectacularidad, por una travesía bastante incómoda y luego subía en línea recta hacia arriba durante 150 metros. Así, el 19 de julio se logró llegar al final de esta imponente pared; se habían instalado más de mil metros de cuerda fija, los cuales se transportaron en tres a cuatro viajes por persona.

El campamento 2

El campamento dos quedó ubicado a 6,700 metros, en una garganta de la arista noroeste. El panorama era magnifico: hasta donde nuestros ojos podían apreciar, se miraban cientos de montañas nevadas entre las que discurrían grandes glaciares que, a veces, hacía brillar el sol vespertino.

A nuestros pies, del lado chino, se veía el Glaciar K2, que por sus dimensiones gigantescas parecía dominarlo todo. Solamente había un problema ahí: el viento era muy fuerte y representaba no sólo una incomodidad, sino también un riesgo; una vez el viento fue más fuerte de lo común y materialmente arrancó una tienda con todo y equipo yendo a parar a la tierra de Mao.

Cuando el viento se calmaba, la tarde era agradable y salíamos a tomar fotografías. Entonces el pensamiento vagaba hasta los tiempos remotos en que los hielos de las glaciaciones cubrían gran parte de la Tierra; el paisaje debía haber sido similar entonces: un ambiente frío, todo rocas y hielo.

Pero ahí, a pesar de las bajas temperaturas, surgía un cálido sentimiento poético que daba vida al lugar donde nunca antes la hubo. En esos momentos y en esa montaña había vida: había 23 corazones que latían con fuerza y aspiraban subir más y más, hasta la cima misma.

Un alud en el campamento III

A partir del 20 de julio tuvimos un periodo de buen tiempo que permitió que la expedición progresara rápidamente. El 26 de julio, después de siete días de trabajo, se colocó el campamento III a 7,200 metros de altitud en el centro de la pared noreste:

…lo forman dos tiendas para dos personas cada una, separadas unos treinta metros una de otra. Estaban levantadas en los dos únicos lugares que pueden tener un plano de tres metros cuadrados en la zona; prácticamente están volando y por ello están fijas a las rocas de alrededor con cables…

La ruta original había sufrido algunos cambios, pues a partir de los siete mil metros se abandonó la arista noroeste y se había comenzado a escalar sobre terreno mixto en diagonal hacia el pilar norte por la pared noroeste. Con ello se trataba de alcanzar un corredor de nieve que conduciría hasta los 8.000 y que permitiría un avance más rápido que la arista, que presentaba problemas técnicos de escalada en roca.

Permanecer en el campamento III era toda una experiencia y más aún con mal tiempo. En una ocasión, a media noche, el sonido de nieve cayendo sobre el toldo de la tienda nos despertó.

Un pequeño alud nos había caído sin provocar más consecuencias que la de mantenernos despiertos un buen rato. Pero un poco más tarde escuchamos sobre nuestras cabezas el sonido característico de una avalancha. Era grande y pensé por un momento que en esta ocasión nos arrastraría. Esperamos mientras el sonido creciente no dejaba lugar a dudas sobre la inminente caída de nieve.

Y lo esperado llegó: pequeños granos de nieve comenzaron a golpear el toldo aumentando en cantidad y el ruido. Instintivamente colocamos las manos en el techo tratando de detenerlo. Nuestros corazones latían aceleradamente. El golpe de la nieve disminuyó mientras escuchábamos que la avalancha pasaba por un lado: sólo nos había tocado una parte, tal vez la más ligera, de ella.

Durante la apertura de la ruta del campamento III al IV, una cordada, que estaba fijando cables en los 75 grados de la pendiente, fue barrida por un alud que los arrastró treinta metros provocándoles solamente golpes ligeros.

Desde el campamento III, la escalada se intensificaba. Originalmente se había pensado en alcanzar un colador que ascendía por la mitad de la cara noroeste, pero debido a las condiciones de la montaña, no era posible realizar esa travesía y se ascendió por un pilar de roca hasta alcanzar la parte alta del colador, en donde ya fue posible efectuar la travesía hacia al izquierda por heleros de poca dificultad que permitieron llegar al pilar norte.

Cambio de planes en la ascensión del K2

En el Himalaya, debido a las características de las montañas, y sobre todo en una ruta nueva, es muy difícil seguir al pie de la letra el plan ideal que se realiza en la ciudad con datos escasos. De nuestro programa original había ya varios cambios que mostraban un nuevo plan de ataque.

Desde los siete mil metros ya estábamos escalando en terreno chino y hacia el pilar norte; en ese momento, a la altura de 7,600 metros, habíamos alcanzado el sitio del campamento IV y la ruta que la Universidad japonesa de Wasada estaba abriendo desde el mes de mayo (primera expedición al K2 desde el lado chino). Habíamos visto trabajar entre sus campamentos a sus integrantes desde el día en que instalamos nuestro campamento dos.

El campamento IV quedó instalado el día cuatro de agosto, precisamente cien metros arriba de un campamento japonés. La formaban dos tiendas. Desde ahí efectuamos, en los dos días siguientes, un reconocimiento de la porte superior.

Durante éste, se observaron dos rutas con cables fijos: una de ellas ascendía por la rampa de nieve a la izquierda del pilar y se pensó, aunque no se ascendió por ella, que llegaría a los 8,000 metros; la segunda ruta ascendía por el pilar y llegaba solamente a 7,980 metros, en donde había un depósito con cables y equipo.

Nos decidimos por esta segunda opción, pues se veía más interesante y parecía que los japoneses la habían abandonado. Sin embargo, decidimos hablar con ellos acerca de la ruta, pero no los llegamos a ver.

Hasta el campamento IV, la ruta tenía dos zonas difíciles por sus características y altitud: la primera en dificultad era la comprendida entre el C-III y el C-IV. La segunda era esa atractiva pared de nieve y hielo de cerca de mil metros entro el C-I y el C-II.

«La vista era como me la esperaba: ¡fascinante! La nieve y el hielo con una inclinación de 65 a 70 grados y las rocas sobresaliendo de estas rampas con un fondo de montañas y aristas y el glaciar Saboya, hacen de esta pared un pequeño mundo alpino.»

El mal tiempo en un 8.000

7 de agosto de 1982
«El día de mañana subiremos nuevamente al campamento III. Me preocupa una gran masa de nubes que vienen del sur y que poco a paco invaden las montañas. Ahora están sobre los Gasherbrum; seguramente habrá mal tiempo».

El día ocho de agosto estuvo nublado y en la madrugada del nueve comenzó a nevar; el tiempo se había descompuesto provocando que todos los miembros de la expedición descendieran al campamento base, donde comenzó una larga espera par el buen tiempo.

Bajo estas malas condiciones, que se prolongaron hasta el final de la expedición, realizamos varios intentos en los días que parecía mejorar el tiempo, pero el periodo era tan corto que sólo permitía alcanzar dos a tres campamentos como máximo y nuevamente las tormentas y los fuertes vientos volvían a bloquear el avance.

Muchas veces permanecimos dentro de la tienda (un espacio mínimo de 1.20 par 2.00 metros) soportando el ruido del viento sobre la tienda y las ráfagas de nieve que entraban cada vez que teníamos que salir, por una u otra razón. En esos días de espera angustiosa, se piensan mil cosas, surgen ideas y mueren otras, se está alegre y se está triste.

El día ha estado estupendo, la nieve tenía una consistencia tal que parecía que podíamos romper el récord de velocidad; desgraciadamente, en la tarde se ha descompuesto. Ahora estoy dentro de la tienda y en cualquier momento comenzará a escucharse el siseo de la nieve cayendo sobre el toldo. Es una lástima que el tiempo esté tan mal ahora que casi toda la ruta está armada y sólo falta el empuje final para llegar a la cumbre.

El tiempo pasó hasta que empezó a escasear el queroseno y la comida. Las tiendas se habían cambiado varias veces de lugar pues donde se encontraban era imposible descansar ya. El campamento base se veía triste envuelto en la niebla.

Hoy no se trabajó, pues la tormenta no nos ha dejada noche y día. He tenido que salir al baño en varias ocasiones y, cada que lo hago, la nieve se estampa en mi cara y se adhiere a mis ropas y mi cabello, pero ésta es la única «distracción» que tenemos, además de pensar.

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El 29 de agosto se inicia un intento más a la montaña. Entre días buenos y días malos que interrumpen la marcha, se alcanza el lugar del campamento V, a 8,150 metros, el 5 de septiembre. En una tienda, dos expedicionarios aguantan la noche y al día siguiente se realiza un intento de alcanzar la cumbre en medio de vientos de más de 110 km por hors y sólo se logra superar un desnivel de cincuenta metros, antes de que se decida regresar.

La montaña se ha cubierto de mal tiempo y se inicia el regresa al campamento base. Al pasar por los campamentos inferiores se recogen algunas piezas de equipo que son importantes (radios, cocinetas, sacos de dormir). Las tiendas, cables, colchones y algunas otras cosas son imposibles de recuperar.

El 12 de septiembre llegaron los porteadores al campamento base y comenzamos la marcha de regreso.

En la arista norte del K2: Diarios de la expedición mexicana

Lucio Cárdenas
Nuestras tiendas de campaña están sobre el Glaciar Gowdwin Austen, los porteadores se encuentran cerca de nosotros colocados en sus refugios de piedra y con una lona encima. Son las siete de la mañana, me levanto y no hay ningún movimiento en as tiendas aledañas a la nuestra; el paisaje que nos envuelve es verdaderamente impresionante, colocadas nuestras tiendas en este inmenso Glaciar, se ven como puntos diminutos de color verde y naranja; a nuestro alrededor está el Broad Peak, el Chogolisa y el conjunto de los Gasherbrums, montañas de más de ocho mil metros. Imponen su alta magnificencia y grandeza.

Y enfrente de nosotros, entre las nubes matinales y los rayos del sol iluminando sus escarpadas aristas, se deja ver como una visión espectral, nuestro objetivo: la «montaña de las montañas», el K2. El comienzo. Inicio. Emprender una nueva meta, anhelo, esperanza o quizás un sueño.El hombre, es un ser creado por Dios para que exista y viva; y así como Dios es un ser maravilloso, el ser humano está dotado de infinitas cualidades que lo hacen vivir y avanzar por el camino de la vida. El hombre en sí mismo, es un mundo bello y complejo.

Y con las experiencias, aventuras, sueños y realidades; junto con las alegrías, frustraciones, esperanzas, temores, logros y conquistas, así como el deseo de superación, es que estoy viviendo esta empresa, una extraordinaria y bella aventura del escalar en la cordillera del Karakorum.

Hugo Delgado Granados

Voy nuevamente a las montañas a dedicar un verso más de sudor y esfuerzo para la obtención de la dicha de sentirme feliz, de ser libre allá donde el espíritu se regocija y el alma se engrandece, donde a pesar de la mísera existencia podemos ser nosotros, uno solo, una mente, una idea, un movimiento. y a la vez ser todo.

El mundo gira de un delgado hilo que parece más endeble cuando uno sacrifica su propia voluntad y libertad, pero que se hace más fuerte cuanto más se busca en el rincón de uno mismo —lo infinito pequeño— la entrada al universo, a la inmensidad etérea: el lugar donde reina lo blanco y donde el azul aguarda, ambiente idóneo para forjar una voluntad de hierro y para liberar el pensamiento y el cuerpo.

Eduardo Mosqueda Ruiz
Una expedición es algo tan grande que no se puede comparar con ningún esfuerzo realizado en otro deporte, porque aquí no sólo se lucha una vez contra las propias limitaciones físicas o psicológicas, sino veinte, treinta o más, sin descanso y como presidiarios: aislado de los familiares y amigos, «forzados» a permanecer y trabajar en una microsociedad que vive intensamente cada minuto, cada segundo que se permanece en la montaña.

Aquí cada movimiento es notado por los compañeros, y si en la ciudad no afecta a alguien alguna rutina, aquí sí. Y entonces se tiene que ser cuidadoso en lo que se hace y en lo que se pide a la gente que haga por uno.

Después de leer la correspondencia escribo en ml diario:

José Manuel Casanova
Cierto es que el montañista, sobre todo el que participa en prolongadas expediciones al Himalaya, busca la soledad, la aventura, la belleza en lo agreste, en las profundidades de los abismos, en la delicadeza de la flor silvestre, en la libertad del animal salvaje…

Cierto es también que los montañistas conciben la vida de forma distinta, porque a pesar de las incomodidades y de la lejanía de nuestros seres queridos, la montaña nos hace sentirlos más cerca, más reales; el frío es el frío y nada más. . . se le llega a conocer y a saber vivir con él, nuestro cuerpo lo soporta como soporta el humo de la ciudad.

La distancia que nos separa de nuestros padres, de la esposa, de los hijos, nos permite valorarlos en una dimensión más real y nos da la posibilidad de comprender la grandeza de los valores afectivos. Sabemos entonces lo que significa una frase de aliento de la esposa, de los padres.

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…salimos rumbo al campamento II. Llegamos a la rimaya y ahora, sin cable de ayuda, la cruzamos. La pared era puro hielo. A medida que ascendíamos notábamos que entre más alto, las condiciones eran más extremas. Los pies se nos enfriaban con rapidez, La fuerza del viento huracanado y los torbellinos de nieve entorpecían cada movimiento. En esos momentos me preguntaba «¿Qué hago yo aquí? ¿Porqué no estoy en la casa metido en la cama?» Trataba de obtener respuesta: ¿había sido mi orgullo personal lo que me había movido a emprender esta aventura? o, por el contrario, ¿era el deseo de conocerme a mí mismo y de autorrealizarme por medio de ella?

Pero creo qua la razón principal que me conduce a escalar es la necesidad de sentirme activo, de esforzarme hasta el agotamiento físico, y psíquico en algunas ocasiones. También sé que me mueve la búsqueda de lo nuevo y desconocido. El escalar un itinerario virgen de alta dificultad venciendo los flancos abruptos de esta gran cima, es sin duda alguna una de las formas más puras del alpinismo moderno. En estos momentos, me siento absorbido por este mundo y, sin necesidad de recurrir a ningún dios, sé distinguir lo que es bueno y es bello, as en este lugar donde se manifiesta con más claridad hasta donde alcanza mi fortaleza. El placer de permanecer aquí y la satisfacción del esfuerzo realizado por conquistar La montaña son Los motivos que me mueven a dar el siguiente paso rumbo al campamento II…

Expedición al K2: Cronología

14 de junio
Salida del aeropuerto de la ciudad de México a las 13:45 horas. Muchos familiares y amigos nos dan la despedida. Hoy iniciamos la aventura de intentar escalar la segunda montaña más alta de la Tierra, el K2.17 de junio
Aterrizamos en el aeropuerto de la ciudad de Islamabad, capital de Pakistán. Por la tarde nos reunimos con el grupo polaco. Son quince y todos entusiastas. Aunque prácticamente nos empezamos a conocer, la cena es agradable.23 de junio
A las 4:00 horas salimos de Rawalpindi con destino a Skardu. Son dos días de viaje por un camino lleno de curvas peligrosas y algunos deslaves, gran parte de ellos están a la orilla del río Indus.24 de junio
Skardu es un oasis, agradable y de vista espectacular. Aquí se realizan las últimas compras de alimentos.26 de junio
En ocho tractores, para llevar la carga, y tres jeeps para nosotros, abandonamos Skardu. Vamos rumbo a Dassu. Arenales y rocas, un verdadero desierto de película.27 de junio
Hoy hay gran movimiento aquí en Dassu; 260 porteadores sentados en cuclillas esperan ser llamados para contratarlos. Entre los expedicionarios hay gran expectación pues hoy comienza la marcha de aproximación.30 de junio
Después de tres días de caminata, ayer llegamos a Askole, última población en el camino. Hoy continuaremos nuestro avance. Ya no habrá pueblos, sólo rocas, ríos y hielo. A medio día atravesamos la parte baja del glaciar Biato. Por la tarde cruzamos el puente colgante Yola; no es más que un cable de acero en el que nos deslizamos por una polea, asegurados con un mosquetón. Abajo, un río caudaloso.2 de julio
Salimos de Paiju. Una hora después entramos al gran glaciar Baltoro, al mundo del hielo y del frío, en donde pasaremos tres meses. Por la tarde pasamos frente a la Torre Trango.

5 de julio
El camino sube y baja por enormes crestas de hielo. A mediodía llegamos a Concordia, sin lugar a dudas uno de los sitios más espectaculares de la naturaleza: aquí confluyen varios glaciares.

8 de julio
Un gran día, pues hoy, después de doce días de camino, llegamos al campamento base, a 5,350 metros de altitud. Las dificultades con los porteadores quedan atrás. Ahora todo depende del buen tiempo y de nuestra capacidad y entusiasmo.

10 de julio
Instalación del Campamento I a 5,900 metros en un solo día. El camino no es de gran dificultad técnica, pero sí peligroso por la gran cantidad de grietas ocultas. Algunas travesías son espectaculares.

19 de julio
Instalación del campamento II a 6,750 metros después de ocho días de trabajo constante sobre una pared de gran inclinación (60-70 grados) donde se colocó cuerda fija.

26 de julio
Instalación del campo III a 7,200 metros. Fue colocado sobre la pared noroeste. Las dificultades técnicas son de roca y hielo. Se instalan cuerdas fijas.

4 de agosto
Instalación del campamento IV a 7,600 metros después de muchos problemas técnicos; instalación de cuerdas fijas, avalanchas sobre la pared, etc. Queda sobre el Pilar Norte, en territorio chino, por donde cruza la ruta japonesa de la expedición de la Universidad de Wasada.

8 de agosto
Hay mal tiempo. Todo el día nublado y por la tarde nieva.

9 de agosto
El mal tiempo, cada vez peor, obliga a descender al campamento base. En ese momento una cordada mexicana casi llegaba al C-IV, de donde se ve obligada a retroceder por las constantes avalanchas.

29 de agosto
Veinte días de mal tiempo. Grandes nevadas casi sepultan las tiendas. Dos de ellas desaparecieron arrastradas por el viento. Las cuerdas fijas quedan sepultadas a veces a más de un metro. El frío es intenso (-350C). Hoy comienza el último intento.

5 de septiembre
Después de grandes penalidades se alcanza el campamento V, a 8,150 metros.

6 de septiembre
Se realiza un intento a la cumbre pero sólo se avanzan 50 metros de desnivel. El viento y el frío obligan a regresar desde los 8,200 metros.

12 de septiembre
Se inicia la retirada. Se ha logrado recuperar parte del equipo de los campamentos superiores. La llegada de los porteadores llena de animación el campamento base.

21 de septiembre
La expedición llega a Skardu.

25 de septiembre
Llegada a la ciudad de Rawalpindi.

27 de septiembre
Despedida del grupo polaco. Los universitarios se dirigen a México vía Katmandú.

6 de octubre
Llegamos a la ciudad de México. Muchas amigos y familiares nos reciben. Todo es felicidad.

One Response

  1. Jacinto

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