Ascensión al Huandoy: Escalar en Perú

Después del Huandoy escribo esto un poco confundido todavía, porque me hace falta analizar cantidades de datos y hechos. Sé que debo escribir muchos correos personales, para avisar que llegué, enviar crónicas y demás, pero ahorita no tengo cabeza para ello. No sé si reír o llorar. Lo que sí sé es que he vivido la experiencia más tremenda que mi experiencia en montaña me ha podido dar.

Ascensión al Huandoy: Escalar en Perú 1

Llegada a Perú desde México para escalar

Llego a inicio de agosto a Huaraz, después de dos días de traslado desde la ciudad de México. Algo accidentados. De inmediato me reciben, recordándome con cariño Vladimir Henoztrosa, que ya esperaba mi llegada. Me pareció extraño que a pesar de que por e-mail le pedía mucho que me enviara información sobre los Huandoys, no lo hiciera. A mi llegada, además de invitarme a comer, me urgió a desistir.

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—Esa montaña está cerrada. Han muerto gentes— me dice.
—Si, lo sé, ya he analizado cada accidente. Se puede evitar —le contesto.

Sin decirme más, me pasa un recado de Mario Perezortiz que se encontraba allá.

—Él intentó el Huandoy Oeste y fracasó. Ve a verlo para que te platique.

Ascensión al Huandoy: Escalar en Perú 2

 

Caminaba al Hotel Barcelona y en el camino me lo encontré. En efecto: intentó los Huandoys por la ruta que yo había programado como salida. Sin embargo, en su ascenso, tenía algo valioso y decisivo para mi: tomó video del glaciar del Valle en Herradura que hacían los Huandoys Norte y Sur. El punto de ataque mío. Pasamos algunas horas revisándolo y en lugar de pedirme que no lo intentara, empezamos a planear el ataque por ahí. Las rutas de avalanchas estaban bien marcadas. Tenía información de un par de días de fresca.

El «Ace» estaba igual de emocionado que yo. Y también molesto porque los porteadores no querían transportarnos equipo de escalada a la zona. Se ofreció a acompañarme, hasta el campamento base. Al día siguiente estuvimos en camino. había que pasar por el campo base de los Piscos y de ahí al del valle de los Huandoys. Era una ruta realmente difícil de seguir.

Quizás sea interesante que te acompañen en la montaña

Se veía que pasaron años antes de que alguien la pisara. Llegamos a la cresta de una cuenca de un glaciar fósil, continuación del glaciar de los Huandoys y de los Piscos. Ahí nos sentamos todo el día con el teleobjetivo a observar el glaciar. Esa noche nos tembló: seis grados Richter, según la policía del Perú.

Estado de los glaciares del Huandoy

nevado huandoy

Avalancha en el Nevado Huandoy

Al día siguiente, noté que el glaciar despeinado, con grietas perpendiculares entre sí, se veía muy marcado en sus fracturas. De repente vi una especie de canalón en el centro que estaba limpio y que llevaba directamente a una escalada mixta. De ahí al col que trepaba al Huandoy.

Por varias horas lo analizamos, y creímos que seria bueno cambiar la ruta hacia allá. El Ace partió ese día a Huaraz a esperarme, mientras yo me quedaba solo frente a esa inmensa mole de roca y hielo. Antes de anochecer fijé una cinta tubular al borde de la cuenca del glaciar fósil y puse mi alarma a las tres de la madrugada. Al otro día empecé a subir.

¿Qué puedo contar? A partir de las tres de la madrugada me sumí en un extraño trance. Bajé el glaciar fósil, empecé a trepar por una cascada de hielo que terminaba en un grupo de seracs. Tomé el canalón visto en el telefoto. Llegué a la zona mixta y sin problemas entré al ultimo col para llegar al plató: eran las siete de la mañana.

Llegando ahí, al amanecer, me encontré en un mundo hermoso y perverso con sólo azul y blanco. A un lado se extendía la cumbre Sur, en triangulo perfecto, a 60 grados, dando la ilusión de una escalera infinita al cielo. Cortándose en el azul. Tenia a la vista una curva grande y la cumbre Oeste, en forma de pirámide, y la norte en forma de un enorme monstruo encorvado, como dormido.

Tiré la mochila en la nieve, y sin parar de caminar, escalé la sur. Me encontré después de unas cuatro horas en su punta. Ante mí, la vertical de la cumbre, de mil metros, de roca sólida. Al fondo el valle de Llanganuco, ¡casi tres mil metros abajo!

No me esperé más de cinco minutos. Bajé a toda prisa y subí mi campamento a la porción alta del plateau. Puse mi tienda. Cavé un hoyo profundo y puse mi mochila vertical en él. Me metí en mi tienda y no dormí. De rodillas, envuelto en el sleeping y meciéndome, escuchaba: el glaciar crujía debajo de mí. Empezaba a tener miedo.

El reloj sonó de nuevo a las tres y a las cuatro y media me levanté e hice la cumbre Oeste, luego la sur, sin levantar el campamento. Desde la norte, miré la última, la este, y quise hacerla «por el Ace» pero algo me decía que no estaba nada bien. Bajé pensando en volver a subir con el campamento en mis hombros, cuando… ¡Avalancha!

Enfrente de mí, como algunas veces ya lo había visto, se desprendía una gran placa de nieve, que poco a poco iba haciendo una nube espectacular y que indicaba que varias toneladas de nieve pulverizada bajaban de la cumbre norte hacia mí. El estruendo es muy especial. Yo simplemente, sabiendo lo que esto significaba y lo inútil que sería correr, me quedé de pie, cerré mis puños y apreté mis dientes. Tanto fue el terror que sentí como mis frontales crujían.

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No, no llegó hasta mí. Se quedó a unos 200 metros. La avalancha se detuvo a un centenar de metros de mí pero la nube de cristales de nieve si llegó y me hizo sentir como una pulga en un mundo extraño. Caí al suelo tosiendo, asfixiado. Sentí que me iba a morir. En ese momento comprendí que «había despertado al gigante».

El miedo sel escalador

Me había pasado muchos meses en compañía del club y de tanta gente, estudiando la montaña, acechándola hasta que llegó el día final, el día exacto donde todo se conjuntó. La ataqué, logré algunas de sus cumbres antes de que el monstruo despertara.

Pero… no más. Ahora, Huandoy se había enterado de que logré llegar, y me amenazaba con mi propia vida. Me sentía sobrado de fuerzas. Podía continuar y terminar el proyecto pero sentía en el fondo de mi intuición que estaba retando a alguien que, de plano, siempre iba a ganar.

En ese momento el miedo se apoderó de mí. Me metí en la tienda a sollozar, y a la una de la mañana decidí que si me quedaba un minuto más, moriría. Emprendí la huida por la ruta de ascenso, bajé a toda velocidad. Al terminar el glaciar, sentí que los bloques de hielo a mis pies se movían y para finalizar con un rappel, metí una piqueta entre dos bloques.

Justo faltando cuatro metros para llegar, sentí un pequeño jalón, saqué un piolet de mi arnés y lo clavé en la pared de hielo. Justo en ese momento salía volando por los aires la piqueta que había clavado, 50 metros arriba. Afortunadamente, me había asegurado. Desescalé un par de pasos, y me dejé caer, para salir corriendo y «escalar» con los piolets y crampones un muro de arena y roca, parte de la cuenca del glaciar fósil del Huandoy.

Corriendo con la cuerda del rappel arrastrando de mi ATC—y la piqueta todavía arrastrando de él— seguí caminando sin voltear atrás. Me detuve un rato para recuperar todo y luego no dejé de caminar hasta llegar al fondo del valle de Llanganuco. Ahí me encontró un «microbús» que llevaba montañistas al pisco. Ese fue mi «ride» de regreso a Yungay.

El regreso desde los Huandoys

En el camino hice recuento de los daños: la mitad de la palma de mi mano no tiene sensibilidad: el colgón del piolet al zafarse la piqueta del rapel sobre mi dragonera en la muñeca me comprimió el nervio. Mis dientes frontales tienen roto el esmalte y el dolor es muy intenso. Después de ser amenazado por un dentista que en Yungay quería extraerme el diente, me fui a Caraz, donde me pusieron resina en la zona fracturada. Un intenso dolor en la planta de los pies me hizo temer congelamiento pero afortunadamente no pasó a más.

Llego a Huaraz, desesperado, sin querer voltear a atrás. Asustado. Con mucho, mucho miedo. Me recibieron mis amigos. Y todo parece lejano ya.

No aprendo. Una noche de festejo en el «tambo» en compañía de mucha gente que no sabía que estaban pendientes de mí, y me convencieron. Parto mañana hacia las cumbres de los montes Urus y del Ishinca.

 

Ya abajo, un porteador me dijo:

—Ah, conociste a «Tullparaju».
—¿Qué es Tullparaju? -pregunté.
—Quiere decir: «el fogón entre tres piedras»

Sí, conocí a Tullparaju.

 

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