Pirmeras experiencias con crampones y piolet en montaña

Estrené los crampones,  tardíamente porque soy un recién llegado.

Pirmeras experiencias con crampones y piolet en montaña 1

Todo empezó en Trevélez con el proyecto de hacer noche en Siete Lagunas y atacar La Alcazaba al día siguiente, para completar el regreso hasta Trevélez. Sabíamos que teníamos pocas oportunidades de alcanzar la cima.

Había nevado mucho durante toda la semana y el parte meteorológico, anunciaba espesores de nieve de entre 70 y 300 cm. Afortunadamente un anticiclón proponía un par de buenas jornadas de montaña. El inicio fue preocupante porque más que a un trekking parecía que acudíamos a un concurso de mochilas, con dos premios especiales: uno al peso y otro a la capacidad.

Había también un accésit para el que llevase más cosas colgando, atadas al cuerpo de la mochila. Todas las precauciones a la hora de preparar el equipo se mostraron, a la hora de la verdad, excesivas. Subir con mochilas de alrededor de 20 kilos por nieve blanda, tendría, más tarde su precio en forma de retraso, cansancio y dolor.Pero empezamos felices y contentos usando una antigua senda de herradura que serpentea suavemente desde el pueblo hacia las entrañas de la sierra en dirección este.

Botas, calzado de aproximación y crampones

Un animado debate sobre las botas y el calzado de aproximación nos entretuvo hasta alcanzar la cota de nieve, aproximadamente a 1700 m. Aquí ya empezamos a ver que cada paso que se hundía más del tobillo exigía un sobresfuerzo muscular desproporcionado para extraer el miembro y volverlo a lanzar por encima de la nieve.

Pirmeras experiencias con crampones y piolet en montaña 2

Vuelta a hundirse, y de nuevo sobreesfuerzo. Paso a paso, carga a carga, el tiempo se iba estirando y el objetivo de Siete Lagunas, distanciándose. Andábamos ya por la nieve franca y abundante cuando nos pasó, a la velocidad del rayo, un joven rastafari con una mínima mochila de ataque.

Parecía levitar sobre la nieve. Apenas se hundía un dedo, y tras adelantarnos, en pocos minutos se perdió de vista. Mientras, en el mismo paso, nuestra huella alcanzaba el tercio inferior de la pantorrilla: parecíamos hipopótamos al lado de una gacela. En ese momento comenzamos a cambiar planes y decidimos llegar hasta los 2.600 o 2.700. Ya sabíamos que no llegaríamos a Siete Lagunas.

La nieve se acumula

Un grupo de montañeros que descendían y con los que nos cruzamos poco después, nos lo confirmó: hay mucha nieve. No podréis llegar hasta allí. Tras pasar acequias y arroyos, tomamos ya una arista de vertiente decididamente encarada hacia los tresmiles y subimos fuerte hasta alcanzar la altura prometida para el reposo.

Llegamos exhaustos. El peso se había transformado en dolor: el cuello, la espalda, los hombros parecían sacos de papilla de huesos y músculos. Pero la retirada de las mochilas que pesaban demasiado y el jolgorio del montaje de las tiendas nos aliviaron rápidamente.

Al ponerse el sol, la temperatura bajó casi tan rápido como el sol se escapaba, de manera que los grados de temperatura parecían minutos horarios. Los infiernillos comenzaron a resoplar y, a la luz de la luna llena, cenamos las delicias de la montaña: sopa instantánea, pasta deshidratada y un pequeño capricho de jamón de pato. Un héroe había conseguido subir hasta allí un vino digno.

Con todo, lo mejor, como siempre, nos lo dio la naturaleza: la nieve en plenilunio, produce una sensación de oscuridad blanca, difícil de explicar. La emoción se contiene en esa contradicción y el anhelo se torna suave y enérgico a la vez y se funde el sueño con el despertar.

A la mañana siguiente, quizá algo tarde por el excesivo cansancio acumulado del día anterior que nos obligó a dormir más de los previsto, comenzamos la ascensión definitiva. Seguimos la arista y pisamos hielo.

Primeros pasos con los crampones

Llegó mi bautismo y me enseñaron a ponerme los crampones y a coger el piolet. Tras unos primeros pasos dubitativos, como si fuese un bebé que inicia sus primeros pasos, sentí que yo había nacido para llevar crampones y me ví capaz de alcanzar cualquier meta.

Arriba, arriba, por pendientes de cierto interés, pero pronto, el hielo se esfumó y la nieve blanda, muy blanda aumentó. Había pasos en los que teníamos que extraer el miembro inferior de la nieve, hundido hasta la cadera.El esfuerzo se hacía colosal, tirando con todo el cuerpo, incluso con la columna vertebral.

El puntal del Globo

Dirigidos hacia la arista más potente alcanzamos el Puntal del Globo. Llegados a este punto, magnífico mirador desde el que se observan con equidad el Mulhacén al oeste, y la Alcazaba al noreste, decidimos dar por concluida la aventura: Siete lagunas se había convertido en una enorme caldera de nieve sin una sola huella.

Crampones a buen precio

+ INFO

La nieve que se veía hacia la Alcazaba era estremecedora. Al fin y al cabo, el penón alcanzaba unos 3288 metros que a mí, en mi bautismo de crampones, me parecieron más que suficientes. Buscamos sombras y movimientos en el Mulhacén y en la Alcazaba: ni un solo movimiento en ambas cimas, ni un rastro de huellas en los canutos, en las palas o en las aristas. Eso nos acabó de convencer de que la nieve, prácticamente un caldo ya a esa hora, no había dejado progresar a los montañeros.

El descenso fue magnífico y rápido, incluso con las mochilas ya repletas de material. El fuerte calor del día había ascendido el nivel de nieve casi doscientos metros y había hecho que, en las cotas más bajas, el espesor disminuyese notablemente. Llegamos bien y pronto a Trevélez. Como siempre, de cada ruta, se quedan más prendidas en la memoria algunas emociones.
Yo recuerdo, sobre todo, la oscuridad blanca acompañando mis sueños.

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